jueves, 21 de febrero de 2008
Las torres del fútbol
El próximo miércoles 11 de septiembre arranca la Copa. En su primera ronda eliminatoria nos encontramos encuentros absolutamente descompensados, baste como ejemplo un San Sebastián de los Reyes- Real Madrid o un Novelda- Barcelona. Equipos de aficionados contra superpotencias, monos azules llenos de grasa frente a trajes de Armani. Aparentemente el signo de esos partidos está escrito de antemano, casi nadie osa retar a quienes disponen de un poder hegemónico, pero ese casi denota una excepción: los que, habiéndose sentido humillados, han alimentado su fanatismo con el fuego de la ilusión. Colectivos dispuestos a dejar su vida en el combate seguros de un triunfo que les conducirá al paraíso. Equipos que cuecen en la olla vacía del hambre el resentimiento hacia los que se han adueñado de la palabra fútbol como propia y cometen villanías en su nombre. Jugadores dispuestos a golpear en las piernas hasta derribar el mito de la invulnerabilidad de sus renombrados rivales por muchos escudos antimisiles que puedan fichar. Se enfrentan a gigantes que, por medio de las televisiones, han robado las taquillas del fútbol pequeño (campos antaño llenos y hoy habitados por cuatro amigos) y oyen que la visita del poderoso es como la lotería. Se revelan. Hace poco la hipótesis producía risa, carcajada que se cortó de golpe cuando el Figueres o el Toledo derribaron las Torres Gemelas.
Salir de marcha
Hace un rato me he encontrado de frente con un plato de lentejas. Sentado y en casa le he dado buena cuenta. Se me ha hecho raro tras varios días de comer de pie y a la carrera, de tomar el primer plato en Parque Alameda y el postre en la calle Cascajares. Ha sido un paréntesis que ha descontrolado nuestros ritmos y nos ha recordado que nuestros cuerpos ya no son lo que eran, pero que nos quiten lo bailao. La ciudad se ha volcado y si la gente quiere divertirse no hay mal programa que lo evite; basta salir a la calle en buena compañía y compartir ese paseo blasonado de vinos y tapas. Ha sido una semana de marcha, por lo festivo y por lo que hemos andado, tenemos los pies más castigados que Paquillo Fernández o que el propio Korzeniowsky después de proclamarse campeones del mundo de la especialidad (y pensar que el COI pretende suprimir la marcha del listado de disciplinas olímpicas).
Gracias a todos los que habéis currado para que la mayoría pudiéramos disfrutar. Especialmente al presidente Aznar, entre tapa y tapa le oí decir que iba a barrer las calles y doy fe de ello: cada mañana las calles estaban de nuevo limpias. Entre la boda de la niña y recoger tantos vasos tiene que estar agotado.
Gracias a todos los que habéis currado para que la mayoría pudiéramos disfrutar. Especialmente al presidente Aznar, entre tapa y tapa le oí decir que iba a barrer las calles y doy fe de ello: cada mañana las calles estaban de nuevo limpias. Entre la boda de la niña y recoger tantos vasos tiene que estar agotado.
Peña crucificado
Escribir es un ejercicio de razón y de pasión. Sabemos que, cuando ésta anda por medio, la objetividad es un camelo, una entelequia. Y si fuera posible no sería conveniente, en la prensa sólo encontraríamos una cabecera. El periodista que se escuda en la objetividad es un farsante, en el mejor de los casos nos narrará su visión-versión de los hechos, en el peor nos encontraremos con el relato que le interesa al patrón, la moto que le venda la parte contratante -siempre interesada- o la necedad que él intuya que usted quiere leer. Mas la subjetividad no debe cruzar la línea Maginot del respeto y la prensa deportiva la desborda asiduamente, Peña es el último ejemplo, la lista de epítetos escritos a partir de la entrada sobre Valerón deberían sonrojar a sus autores. Parto de una base: la tarascada de marras mereció ser castigada con tarjeta roja, pero es el resultado de un fútbol concebido al límite de la capacidad física del ser humano. Una milésima de segundo marca la diferencia entre llegar a tiempo al balón o a rebañar la pierna del delantero que se anticipó. Peña llegó tarde, punto. Se le expulsa, se sanciona y a otra cosa. No podemos volver a la época del escarnio público, ni podemos tolerar que la sana subjetividad se transforme en apología acrítica de una bandera discriminando, como asesino a Peña y como duro o noble a Duscher, por acciones idénticas. Me queda una duda: ¿Tendrían el mismo trato Puyol, Hierro, Ayala o Naybet si el lesionado fuese Pachón?. Tardaremos poco en saberlo.
La necesidad virtud
Lopera pertenece a esa tribu de presidentes megalómanos que llegaron al fútbol embarcados en sus millones. En la empresa privada había “triunfado” y necesitaba el reconocimiento público, que el fútbol le diera lo que sus millones a secas no podían. Su aparición fue estruendosa, barriobajera. Creyéndose el centro del mundo, pretendió que su club fuese el mejor y comenzó una riada de fichajes sin reparar en gastos. El equipo bajo a segunda división. Lopera se cansó del coste que le suponía el capricho. ¡A jugar con chavales de la cantera, no hay más fichajes!. Paradojas que no entiende el que cree que cada cosa vale lo que cuesta: el equipo subió a primera, se clasifica para la UEFA y, hoy por hoy, apunta muy alto. Y todo ello gracias a los chavales. Un lateral derecho mezcla de Carlos Alberto y Briegel, un Gordillo redivivo por la banda derecha, centrales, mediocentros, delanteros. Todos crecieron ante la ausencia de dinero, ante la presencia de obligaciones que no permitían cobijarse en jugadores de más nombre, eran ellos o ellos. Son la excepción en una generación a la que una vida excesivamente cómoda ha empinado el camino de la madurez. Ellos crecieron aprendiendo. Que no hay mejor maestro que la necesidad, ni aliciente más fuerte que la voluntad de crecer. Ante este espejo se reflejan los que han apostado por fichar muchos jugadores y de mucha edad, futbolistas que rebuscan un plan de pensiones. Como decía mi abuelo: “el que tiene pelo abajo, aprende poco y le cuesta mucho trabajo”.
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