El próximo miércoles 11 de septiembre arranca la Copa. En su primera ronda eliminatoria nos encontramos encuentros absolutamente descompensados, baste como ejemplo un San Sebastián de los Reyes- Real Madrid o un Novelda- Barcelona. Equipos de aficionados contra superpotencias, monos azules llenos de grasa frente a trajes de Armani. Aparentemente el signo de esos partidos está escrito de antemano, casi nadie osa retar a quienes disponen de un poder hegemónico, pero ese casi denota una excepción: los que, habiéndose sentido humillados, han alimentado su fanatismo con el fuego de la ilusión. Colectivos dispuestos a dejar su vida en el combate seguros de un triunfo que les conducirá al paraíso. Equipos que cuecen en la olla vacía del hambre el resentimiento hacia los que se han adueñado de la palabra fútbol como propia y cometen villanías en su nombre. Jugadores dispuestos a golpear en las piernas hasta derribar el mito de la invulnerabilidad de sus renombrados rivales por muchos escudos antimisiles que puedan fichar. Se enfrentan a gigantes que, por medio de las televisiones, han robado las taquillas del fútbol pequeño (campos antaño llenos y hoy habitados por cuatro amigos) y oyen que la visita del poderoso es como la lotería. Se revelan. Hace poco la hipótesis producía risa, carcajada que se cortó de golpe cuando el Figueres o el Toledo derribaron las Torres Gemelas.
jueves, 21 de febrero de 2008
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