Lopera pertenece a esa tribu de presidentes megalómanos que llegaron al fútbol embarcados en sus millones. En la empresa privada había “triunfado” y necesitaba el reconocimiento público, que el fútbol le diera lo que sus millones a secas no podían. Su aparición fue estruendosa, barriobajera. Creyéndose el centro del mundo, pretendió que su club fuese el mejor y comenzó una riada de fichajes sin reparar en gastos. El equipo bajo a segunda división. Lopera se cansó del coste que le suponía el capricho. ¡A jugar con chavales de la cantera, no hay más fichajes!. Paradojas que no entiende el que cree que cada cosa vale lo que cuesta: el equipo subió a primera, se clasifica para la UEFA y, hoy por hoy, apunta muy alto. Y todo ello gracias a los chavales. Un lateral derecho mezcla de Carlos Alberto y Briegel, un Gordillo redivivo por la banda derecha, centrales, mediocentros, delanteros. Todos crecieron ante la ausencia de dinero, ante la presencia de obligaciones que no permitían cobijarse en jugadores de más nombre, eran ellos o ellos. Son la excepción en una generación a la que una vida excesivamente cómoda ha empinado el camino de la madurez. Ellos crecieron aprendiendo. Que no hay mejor maestro que la necesidad, ni aliciente más fuerte que la voluntad de crecer. Ante este espejo se reflejan los que han apostado por fichar muchos jugadores y de mucha edad, futbolistas que rebuscan un plan de pensiones. Como decía mi abuelo: “el que tiene pelo abajo, aprende poco y le cuesta mucho trabajo”.
jueves, 21 de febrero de 2008
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